
Los recuerdos que tengo de la TV cuando era niño son definitivamente más felices que las sensaciones que me provoca hoy en día. No creo que viera tanta televisión, ya que en la tarde, hacía las tareas, jugaba y según recuerdo, nos acostábamos bastante temprano en la noche. Es más, en las vacaciones era todo un reto poder ver la película del domingo que empezaba a las 9 de la noche. Siempre me quedaba dormido.
Con la TV de hoy en día no me siento a gusto. Me parece mala y de una calidad deplorable, pero lo que más me molesta no son sus intentos de contarme todos los chismes de Paris Hilton o de cómo la prensa del corazón se empeña en contarme el color de la mierda de la amante, del novio de una prima, de un amigo del señor que una vez le pisó los cayos a la duquesa de Alba, y que por cosas del destino, participó en un reality show, dijo groserías, se emborrachó y se acostó con otro participante del “show”. No, eso no es lo que más me molesta, me molesta cómo se ha metido en mi cuarto, cómo me roba momentos de conversación, y por qué no, de silencio con mi pareja. Quien, feliz de la vida, se devora todo lo que sale por la celestina mecánica, nombre que le dio una vez nuestra amada y odiada Marta Colomina hace ya muchos años, a ese aparato que nos entretiene, nos informa o nos aburre.
TV, ojalá y te viera en el presente cómo lo hacía en el pasado. Ojalá y siempre que estuvieras encendida en el cuarto (Donde no perteneces) estuvieras contándonos cómo ser mejores personas o cómo comunicarnos mejor con quienes queremos. Nos estuvieras mostrando esos lugares del mundo que siendo tan diferentes a nuestros paisajes, hablan de nosotros mismos. Ojalá y fueras más educativa y menos sexy. ¡Qué bueno sería que no criaras a nuestros niños! Sino que fueras una herramienta para que aprendieran sobre ellos mismos.
Espero que algún día cambies, o que nosotros cambiemos tanto, que te hagamos cambiar para bien.